lunes, 22 de septiembre de 2008


El músculo de la vida.

Por falta de descanso.

Muestra espaciadas diástoles.

Vacíos de sangre.

Letargos minúsculos.

Que dejan mi cuerpo sin flujo.

¡Será imprescindible el transplante!

Para evitar tornarme frío.

Insensible.

El doctor miedo, con su fonendo metálico.

Ha penetrado en el hemisferio lúgubre de mi mente.

Gritando recetas indescifrables.

¡Me pido una segunda opinión!

Al enfermero luminoso. Blanco. Resplandeciente.

¡Un fresón será suficiente! Responde sin mover los labios.

Un baypass de dulzura curará el acartonamiento de tus arterias.

Se dispone a seccionar mi pecho.

Con bisturís de caramelo.

Anestesia mis pensamientos con músicas de ríos.

Cose mis arterias con estambres de flores.

El músculo de la vida.

Queda seducido por la fragancia.

Y late acompasado, dulce, niño.

Curado de miedos.

Protegido de golpes.






1 comentario:

Reinaldo del Orbe dijo...

Este me gusta mucho, me parece como si fuera un enfermo dentro de una sala de hospital hundido en la depresión que causan ver solo paredes blancas y cosas blancas, que de repente tu mundo se vuelva blanco, pero no por pureza sino por enfermendad. Ahi esta el detalle. Me recuerda mucho un poema de Sylvia Plath que se llama Tulipanes...

Los tulipanes son tan excitables, aquí ha llegado
.el invierno.
Mira cuán blanco se ve, cuán callado, cuán nevado todo.
Aprendo a sosegarme, yaciendo en silencio, a solas,
mientras la luz se aposenta sobre
.estas paredes blancas, estas manos, esta cama.
Soy nadie, no tengo nada en común con las explosiones.
He cedido mi nombre y la ropa del diario
(a las enfermeras
y mi historia al anestesista y mi cuerpo
(a los cirujanos.

Han acomodado mi cabeza entre la almohada y el doblez
(de las sábanas
como un ojo entre dos párpados que nunca se cierran.
La estúpida pupila que tiene que mirarlo todo.
Las enfermeras pasan y pasan, sin molestar,
pasan con sus gorros blancos como gaviotas
(hacia la costa,
ocupando sus manos, cada una en idénticos gestos,
de modo que es imposible saber cuántas me rodean.

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo tocan
(como el agua
toca los guijarros por donde corre, puliéndolos
(suavemente.
Me regalan el letargo con sus agujas fulgentes,
(me regalan el sueño.
Ahora me pierdo y me cansa el equipaje—
mi maletín de piel patentada como un cojín negro,
mi esposo e hijo sonriéndome desde la foto familiar;
su sonrisa se prende a mi piel, como garfios risueños.

Me he despreocupado bastante, un barco carguero
(de treinta años
que se apega obstinadamente a mi nombre y domicilio.
Han purificado mi cuerpo de toda asociación
(sentimental.
Asustada y desnuda sobre la camilla forrada
(de plástico verde
miré desaparecer mi juego de té, mis cajones de lienzo,
mis libros, y en el agua me vi sumergida.
Ahora soy una novicia, nunca había alcanzado tal grado
(de pureza.

Ni siquiera quería flores, sólo quería
yacer con mis manos expuestas y rendirme al vacío.
Cuán libre se siente así, no hay manera de explicarlo—
el sosiego es tan inmenso que te aturde,
y no cuesta nada, una etiqueta con tu nombre,
(algunas fruslerías.
Es aquello que los muertos consiguen, al final;
(me los imagino
llevándoselo a la boca, como una hostia.

Los tulipanes son de un rojo tan vívido que me hieren.
Ni siquiera el papel de regalo me evitaba
(el oírlos respirar
despacio, por detrás de sus envoltorios,
(como un bebé horrible.
Su rojez le habla a mi herida, le corresponde.
Son sutiles: parecen flotar, aunque me arrastran,
martirizándome con sus lenguas súbitas y su color,
una docena de barras plomizas que han atado
(a mi cuello.

Antes me dejaban tranquila, ahora soy vigilada.
Los tulipanes a mí se vuelven, y a la ventana del fondo
donde una vez por día la luz se adensa y se escurre
(suavemente,
y consigo verme, apagada, ridícula, una sombra
(de papel recortado
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,
y no me distingo el rostro, he querido borrarme.
Los vívidos tulipanes se tragan mi oxígeno.

Antes de que los trajeran el aire era
(lo suficientemente calmo,
yendo y viniendo, una bocanada tras otra, sin aspaviento.
Entonces los tulipanes lo colmaron como un ruido agudo.
Ahora el aire se parte a su alrededor como un río
se parte al tropezar en su curso con una oxidada
(máquina roja.
Ellos imantan mi atención, que feliz
jugueteaba y descansaba sin compromiso alguno.

Las paredes, también, parecen recalentarse.
Los tulipanes deberían ser encerrados como animales
(peligrosos;
ya van abriéndose como la boca de un gato africano,
y yo cobro conciencia de mi corazón: abre y cierra
su cuenco de capullos rojos por puro amor a mí.
El agua que sorbo es cálida y salada, igual que el mar,
y viene de un país tan distante como mi propio
(remedio.

Tulipanes By Sylvya Plath