
Te rocíe de flores.
Besé tu cuello blanco.
Canté a tu cuerpo canciones.
Aprendí porqué nací, para amar locamente, como la escultura inmóvil, fiel hasta el final a su pedestal.
Lloré las noches de duda. En las que pretendía escucharte y el demonio me turbaba con mensajes de vientos.
¡Soñar ,soñé¡ infinitos de azul, alfombras quilométricas, pinares descomunales, tu y yo.
Pinté también en sueños cuadros de amor y de niños.
Angustias y celos, tormentas y ataduras, una noche, en un arrebato de cólera, las lancé desde lo alto de una roca, al vacío y se estrellaron, todos ellos, para acabar muriendo en mi alma, que ahora, descansa blanca.
Aprendí a mirar las estrellas y distingo ahora constelaciones
Y dos luceros, los más brillantes. Me dije que éramos tú y yo.
Hablo de mi amor a todo el mundo, a los árboles a las flores y a algún que otro riachuelo juguetón.
Besé tu cuello blanco.
Canté a tu cuerpo canciones.
Aprendí porqué nací, para amar locamente, como la escultura inmóvil, fiel hasta el final a su pedestal.
Lloré las noches de duda. En las que pretendía escucharte y el demonio me turbaba con mensajes de vientos.
¡Soñar ,soñé¡ infinitos de azul, alfombras quilométricas, pinares descomunales, tu y yo.
Pinté también en sueños cuadros de amor y de niños.
Angustias y celos, tormentas y ataduras, una noche, en un arrebato de cólera, las lancé desde lo alto de una roca, al vacío y se estrellaron, todos ellos, para acabar muriendo en mi alma, que ahora, descansa blanca.
Aprendí a mirar las estrellas y distingo ahora constelaciones
Y dos luceros, los más brillantes. Me dije que éramos tú y yo.
Hablo de mi amor a todo el mundo, a los árboles a las flores y a algún que otro riachuelo juguetón.
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